Cuando Porsche dominó la categoría más inesperada con el 935 “Baby”
A finales de los 70, el Grupo 5 permitía competir a deportivos muy modificados, divididos por cilindrada. Porsche ya dominaba la categoría reina, pero decidió demostrar su capacidad también en la clase pequeña: así nació el 935 “Baby”.
A finales de los años setenta, Porsche ya había consolidado su presencia en el automovilismo con el 935, un vehículo desarrollado a partir del 911 Turbo. Su objetivo era competir dentro del Grupo 5, una categoría de homologación creada por la FIA para coches de producción modificados, también conocidos como “Siluetas Especiales”. Esta normativa permitía grandes transformaciones técnicas sobre la base de modelos homologados, siempre que se mantuvieran ciertos rasgos estructurales como el perfil del techo, el parabrisas o los puntos de anclaje. Gracias a esta flexibilidad, el Grupo 5 se convirtió en un espacio donde la ingeniería más radical tenía cabida.

Dentro de este reglamento, los motores con turboalimentación se veían sujetos a un coeficiente de corrección: su cilindrada debía multiplicarse por 1.4 para determinar en qué clase competían. Así, para estar en la categoría de hasta 2 litros, Porsche debía diseñar un motor turbo que no superase los 1.425 cc reales. Fue entonces cuando el equipo técnico decidió afrontar el reto de enfrentarse a los mejores competidores de cilindrada reducida en el Campeonato Alemán de Automovilismo de Turismos (DRM).
Así nació el 935 “Baby”. Su nombre no tenía connotaciones técnicas, sino que surgió de manera casi espontánea dentro del equipo de desarrollo. Comparado con el imponente 935 convencional que dominaba la categoría de más de 4 litros, esta variante más pequeña parecía un juguete, un coche de dimensiones reducidas destinado a una misión muy concreta. El apodo “Baby” pronto caló entre los ingenieros y se convirtió en parte del mito.

El desarrollo del “Baby” fue un ejercicio de precisión. Porsche tomó como base el chasis tubular del 935 estándar y lo adaptó para el nuevo motor de cuatro cilindros con 1.425 cc y turboalimentación, derivado del que se utilizaba en el 911 Carrera RSR Turbo 2.1 de 1974. Para mantener la competitividad con los rivales que dominaban la clase, se redujo al máximo el peso, con un objetivo cercano a los 750 kg. Esto obligó a simplificar la estructura del vehículo y sustituir componentes por versiones más ligeras. También se modificó la carrocería en fibra de vidrio, más corta que la del 935 convencional, con pasos de rueda menos pronunciados y un alerón adaptado al menor volumen aerodinámico.

Pese a su aspecto menos intimidante, el Baby era una auténtica máquina de competición. El pequeño motor turbo de cuatro cilindros generaba alrededor de 370 CV, una cifra considerable si se tiene en cuenta el peso del conjunto. Porsche probó el coche en Zeltweg, pero su verdadero debut se produjo en Hockenheim, donde los problemas técnicos impidieron demostrar su potencial. Sin embargo, el Baby logró su objetivo semanas más tarde.

El 30 de julio de 1977, en el circuito urbano del Norisring, el Porsche 935 “Baby” demostró de qué estaba hecho. Con Jacky Ickx al volante, no solo venció a los competidores de la categoría, sino que firmó una victoria general frente a coches con más experiencia en ese tipo de trazado. Fue una muestra de ingeniería aplicada a la estrategia. Porsche había demostrado que podía desarrollar una versión reducida de su coche estrella y lograr con ella una victoria incontestable.
Curiosamente, tras esa única participación exitosa, el Baby no volvió a competir. Su razón de ser era demostrar la capacidad técnica de Porsche y enviar un mensaje claro. Podía adaptar su tecnología y dominar cualquier categoría. Tras alcanzar su propósito, el proyecto se archivó y el coche se retiró del servicio activo. En la actualidad, el Baby forma parte del Museo Porsche y sigue generando fascinación por lo insólito de su planteamiento.
Este capítulo breve pero brillante en la historia del 935 deja ver una constante en la filosofía de Porsche. No se trataba solo de ganar, sino de demostrar hasta dónde podía llegar una idea bien ejecutada. El 935 “Baby” fue una respuesta precisa, inesperada y eficaz, nacida de una necesidad puntual y resuelta con la solvencia que define el legado técnico de Zuffenhausen.