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Steve McQueen y Porsche, un amor de cine

“No estoy seguro de si soy un actor que pilota o un piloto que actúa”, afirmaba Steve McQueen. Se le conocía como “The King of Cool'', y al verle pilotando un Porsche no existen dudas de que lo era. Su garra en la pista comenzaba como rebeldía en la adolescencia y su complicado pasado, criado con su tío y mandado después a un reformatorio, alimentaban sus ganas de victoria.

La vida le llevó dando tumbos hasta la interpretación y su carrera comenzó en 1955 cuando consiguió su primer papel en Broadway. A los 25 años tenía el mundo por delante y el talento necesario para demostrar que era mucho más que una cara bonita con un pasado difícil. En 1958 protagonizó el clásico de terror y ciencia ficción “La Mancha voraz” (The Blob) y la fama le alcanzó de lleno con la serie “Randall, el justiciero” que protagonizaría de 1958 a 1961. 

A finales de los años 50 y con sus primeros ingresos como actor se compró su primer Porsche, un 356 A Speedster en un precioso color negro y con un motor de 75 CV. Con él comenzaría su vida como piloto amateur que le llevaría a correr nueve en el Sports Car Club of America en California en 1959. Su pasión por el coleccionismo de coches y motos y su amor por Porsche, eran ya una realidad.

La primera carrera oficial la corrió el 31 de mayo de 1959 en Santa Bárbara y probó las mieles de la victoria en la categoría de noveles. Esa victoria terminó por convencerle de que ese lugar también le pertenecía. Antes de que acabara ese mismo verano cambió el speedster con el que corría por un Porsche 356 A Carrera más potente. “Me enganché. Las carreras me dieron una nueva identidad y era importante para mí tener esa identidad independiente", afirmaba años más tarde. 

No abandonó su carrera de actor, en la que aún le esperaban los años más dulces. Se convirtió en una estrella de Hollywood protagonizando películas como “La gran evasión” o “El Yang-tsé en llamas”, con la que consiguió una nominación a los Premios Oscar. Su pasión por el mundo del motor se hacía patente hasta en el argumento de sus películas donde incluía coches y motos siempre que podía. En “El caso Thomas Crown”, por ejemplo, insistió en incluir un paseo por la playa con Faye Dunaway en un VW Buggy y en “Bullitt”, él mismo y no un especialista era quien conducía en la famosa secuencia de la persecución con un Ford Mustang.

Pero no solo delante de las cámaras se sentía cómodo al volante. Para Steve McQueen las carreras eran su hábitat natural, más aún si las corría con un Porsche. Llegó a afirmar que para él correr era una vía de escape: "solo puedo relajarme cuando estoy corriendo. Me relajo a altas velocidades". Y tenía un hambre de victoria único que trasladaba de su trabajo como actor, al asfalto.

Mantenía el anonimato en algunas carreras participando con su seudónimo Harvey Mushman y amparándose en el casco para preservar su verdadera identidad. Corría con pilotos de la talla de Innes Ireland o Stirling Moss, y llegó a financiar su propio equipo gracias a su empresa Solar Productions. 

Uno de los momentos más importantes en su carrera como piloto llegaba cuando participó en las 12 Horas de Sebring el 21 de marzo de 1970. Ese año el equipo oficial de Porsche competía con siete coches, cuatro de ellos los famosos Porsche 917 KH. Steve McQueen y Peter Revson competirían con el coche con el que ya habían ganado en Holtville y Phoenix, un Porsche Spyder 908/02 de tres litros y 350 CV.

Comparado con el resto de coches de su categoría, que tenían hasta 600 CV y 5 litros, el resultado parecía claro antes incluso de empezar la carrera, pero McQueen no era un hombre que se rindiera fácilmente. Corrió con el pie roto y sin cambiar neumáticos ni pastillas de freno durante toda la carrera. Tenía que compensar de alguna manera la velocidad de sus contrincantes para poder hacerles frente y contra todo pronóstico, terminó en segunda posición.

Su espectacular carrera llamó la atención de Ferry Porsche que le escribiría para felicitarle. "Es un gran placer extenderle mis calurosas felicitaciones por su destacada actuación en las 12 Horas de Sebring. [...] Puede imaginarse cuánto me satisface que logre un resultado tan brillante con un coche de nuestra marca.” La carta concluía con un deseo, el de conocerse personalmente en Le Mans. 

McQueen tenía pensado competir con Jackie Stewart en un Porsche 917 en las 24 Horas de Le Mans pero finalmente, y por primera vez en su vida, se retiró de la competición para evitar problemas en Hollywood. Aunque eso no significó nada porque el actor, terminó corriendo en esa legendaria pista solo que de otra forma.

“Le Mans”, la película dirigida por Lee H. Katzin en 1971, fue el momento de vivir el sueño de las 24 horas de Le Mans, aunque no fuera en la carrera de resistencia. El proyecto que uniría sus dos grandes pasiones terminó, años más tarde, convertido en una película de culto. Se usó el 908/02 de Sebring como coche cámara y McQueen condujo el 917K de Gulf, una leyenda que era un protagonista más, aunque no es el único Porsche que aparece. Al comenzar la película podemos ver un maravilloso 911S que enamora. 

El 7 de noviembre de 1980, solo diez años más tarde del mejor año de su vida, Steve McQueen moría de cáncer dejando tras de sí un legado de leyenda. Ese legado empieza con el primer Porsche 356 A Speedster con el que comenzaba todo. Con él, Steve McQueen descubriría su amor al asfalto como piloto y aún está en el garaje de su hijo Chad. 

Después de venderlo en un primer momento para poder comprar un coche más potente, no descansó hasta recuperarlo de manos de su compañero de carreras Bruce Meyer que lo compró por 1.500 dólares. Ahora es una pieza de valor incalculable no solo por el coche, sino porque representa un amor de cine, el de Steve McQueen y Porsche.

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